Sobre la culpa.
Y además qué hacer cuando el aire viene lleno de presagios y uno siente que comienza a respirar con el estómago, a andar con las rodillas y a pre-sentirse simplemente ansioso. Ansia genuina, ansia de nada y ojos rojos. La vida y el desbarrancadero, la felicidad y la pepita de oro del mendigo cuando la botó porque esa vez, preciso en ese callejón, tenía el orgullo en alto. Una hija loca que el tiempo celosamente cuida del río interminable y de los tigres. Los animales que están hechos de letras para ir a saltar de libro en libro mientras los amantes descansan y se miran desde el sueño como dos amores cíclope. Las sustancias que se te cuelan en los pasos porque son amigas del destino y porque son las que te nombran; el vomito que jamás tendrá nada con tu sombra porque hay que salir a ver el sol todos los días. La maldita dignidad y los silencios que salen del piso de tu casa para decirte que ahí vas, que nada ha cambiado, que el gato de tus sueños seguirá lamiéndote los pelos para hacerte más hermano de la muerte día a día. Los mismos silencios que te delatan cuando el olor a rosas y a cometas no fue suficiente para que cambiaras la cara por solo una poca de camino. Que el tamaño de la ilusión es sólo eso, y que ahora sí es posible el sueño de olvidarnos, tal vez, este domingo. Que el viento es como las piernas de la arena en el desierto, y que a veces vale la pena ser una duna con nariz fría en medio tu puta cama desolada.
Y entonces sentir, pre-sentir que tu melancolía nada tiene que ver con la ventana llena de ladrillos que te hizo llorar aquella tarde. Que más bien te la pasas del cielo a la metáfora y de ahí al ser extraño con cara de promesa que se te esconde entre los dedos. El que te augura buenos tiempos a cambio de estrellas desechadas y de estatuas que viste fugarse por los parques porque te habías fumado los ojos todo el día.
La cautela del ser finalmente desbordado porque un cerebro fabricó su arma suicida. Amor, amor recorrido de
Y qué hacer entonces cuando te sentiste al lado de otra mosca, en el aire, bailando quién sabe qué dibujos mientras la niña con el gato limpiaba la sangre de tu torpeza natural en la ventana.
Y qué hacer con la noticia fatal de los días que me restan, si los ya muertos días que pasaron serán parte de lo que vea antes de irme; si el del Anturio es el mismo gusano del reloj y del anillo, y del día que más te quise. Y qué hacer cuando haya que tirar la cama y las estrellas y todas las angustias por esa ventana que no te deja en paz, y tirarlo todo, todo para ¡entonces! volar, o morir.

1 comentario:
Siento un agrado visceral por tu prosa, tiene (diría) buenas imágenes pero sé que es más que eso.
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