El abrazo de la serpiente (Disertaciones)
3.15.2016
El problema de El abrazo
de la serpiente tiene que ver con la absoluta falta de piedad por parte
del director para con el espectador. Ciro Guerra fue devastador. No le
queda a uno un llamado, si quiera un grito. Lo que queda es un bramido
poético, crudo y desgarrador, maravilloso y terrible.
Se trata de un ácido
explícito, gráfico, derramado en nuestras conciencias de tristes humanos
capaces de bestialidad y locura pero también capaces de insistir en una
bendita caja de música; pero también aptos para el perdón.
Simplemente no puede ser
que luego del desarreglo de los sentidos de todos, incluido yo,
incluido Karamakate, se tenga la generosidad de decir que lo queda para
dar, cuando se lo pregunten de vuelta al explorador extranjero, no sea
más que una canción –"dales una canción". ¡Con tanto amor lo dice! ¡Con
tanta devoción simbólica y fe!
Imaginé, no sé, como en
una especie de concejo de redacción debatiendo el final de la historia,
esa perla en color de la última parte, esa vida antes de la vida
revelada por la Yakruba final. Puede uno sentir el difícil peso,
digamos, narrativo-ético de la obligación de mostrar, de ilustrar algo
del transe definitivo.
Pero ¿por qué? bien,
porque el arte es abierto, ha de hacer ver, no importa de lo que se
trate, siempre; porque el artista, esta vez, en la mitad también de un
acto rudimentario y pleno de generosidad, como muchos otros de su
sangre, ha resuelto hacernos partícipes de aquel silencio fílmico que le
fue dado en suerte; de aquel acto poético.
En la mitad de la selva,
en el taller de los dioses. Obstinado y paciente empotrando cámaras en
chalupas y espantando zancudos. Bendecido por el sello de su pasión
absurda. Pero bendecido más por esa esfera robada de las esferas hecha
película, abandonada y tirada en el mundo sin más; claro, y bendecidos
nosotros también.


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