viernes, 1 de abril de 2016

El abrazo de la serpiente (Disertaciones)

 
El abrazo de la serpiente (Disertaciones)

3.15.2016

El problema de El abrazo de la serpiente tiene que ver con la absoluta falta de piedad por parte del director para con el espectador. Ciro Guerra fue devastador. No le queda a uno un llamado, si quiera un grito. Lo que queda es un bramido poético, crudo y desgarrador, maravilloso y terrible.

Se trata de un ácido explícito, gráfico, derramado en nuestras conciencias de tristes humanos capaces de bestialidad y locura pero también capaces de insistir en una bendita caja de música; pero también aptos para el perdón.

Simplemente no puede ser que luego del desarreglo de los sentidos de todos, incluido yo, incluido Karamakate, se tenga la generosidad de decir que lo queda para dar, cuando se lo pregunten de vuelta al explorador extranjero, no sea más que una canción –"dales una canción". ¡Con tanto amor lo dice! ¡Con tanta devoción simbólica y fe!

Imaginé, no sé, como en una especie de concejo de redacción debatiendo el final de la historia, esa perla en color de la última parte, esa vida antes de la vida revelada por la Yakruba final. Puede uno sentir el difícil peso, digamos, narrativo-ético de la obligación de mostrar, de ilustrar algo del transe definitivo.

Pero ¿por qué? bien, porque el arte es abierto, ha de hacer ver, no importa de lo que se trate, siempre; porque el artista, esta vez, en la mitad también de un acto rudimentario y pleno de generosidad, como muchos otros de su sangre, ha resuelto hacernos partícipes de aquel silencio fílmico que le fue dado en suerte; de aquel acto poético.

En la mitad de la selva, en el taller de los dioses. Obstinado y paciente empotrando cámaras en chalupas y espantando zancudos. Bendecido por el sello de su pasión absurda. Pero bendecido más por esa esfera robada de las esferas hecha película, abandonada y tirada en el mundo sin más; claro, y bendecidos nosotros también.

 

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