viernes, 1 de abril de 2016

Ulises ha arribado (Reflexiones)

12.12.2015

Hace un tiempo escribí algo relacionado con esa especie de pulsión que dicen sentir algunos artistas a la hora de hacer su trabajo. Esa energía que los lleva a hacer. Tanto los autodenominados como tal -hecho por lo demás casi cuestionable- como los otros, los silenciosos. Lo que traté entonces fue algo basado en el poema de Jorge Luis Borges titulado Arte poética que desde hace un tiempo anda conmigo; concretamente, sus penúltimas dos rimas consonantes:
"Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios."
Recuerdo como primera sensación algo equiparable a un contagio amoroso. Sentimiento reforzado por la película documental de Tristán Bauer titulada "Borges. Los libros y la noche" que, por esos días, repetía. Las dos circunstancias, tanto la maravillosa película como el poema han sido desde entonces piedras angulares de todo cuanto haya podido reflexionar y sentir sobre la labor de cualquier 'hacedor'. Hondos silencios nada más.
Adicionaré algo a este respecto aunque sea brevemente. El film abarca varios momentos de la vida de Borges, desde su infancia hasta sus días finales. Uno de los puntos que llamó mi atención de manera particular fue justo el relacionado con la pulsión. Dice el mismo Borges haberla sentido desde muy niño. Expresa que supo desde siempre, su destino sería literario. Luego se muestra a un joven brillante y muy estudioso que, como casi todo el mundo, cuestionaba su lugar en la tierra, sólo que con la particularidad de que al hacerlo, como diría Sábato, lo hacía soñando un poco por todos. Al final, tenemos al Borges que se pierde en su biblioteca de Babel, arrojado y sepultado por el viento de su propia caída, al que acompañan únicamente un tenue amarillo y las ausencias del rojo y el negro.
Siempre, sin importar cuántas veces haya influido un estilo de época o un problema personal, aquella pulsión se mantuvo ahí, incólume. No obstante, el niño es tímido y a nadie se lo dice; no hay por qué. Este tipo de intimidades suponen algo de angustia pero la conciencia de lo inefable es sin duda aterradora. Como Sísifo, condenado a empujar una enorme roca, ciego, cuesta arriba sólo para que ésta vuelva a caer y él tenga que volver a empujarla una y otra vez, infinitamente, no se sabe bien por agravio a qué dios, el qué hacer poético supone asimismo cumbres. En todo caso una distancia, sin sospechar la brevedad del instante que al final terminará siendo ese raro fin, pleno de fuerza y silencio, irrefutable y eterno. Y es entonces cuando sucede, el poeta se sienta a limarse el olvido. Cualquiera sea la esencia que le haya sido dable acceder: no hay valles y es uno. Lo comentaron incluso quienes cavilaban frente a unas manos enormes, de bronce, que Rodin esculpió; no son dos manos –decían- es una.
Así y, aterrizando ahora en los versos antes citados, los prodigios aparecen relegados al nivel de lo irrisorio, a la categoría de lo supuesto, de lo relativo total, de lo que harta (de lo demasiado Dalí)... todo, para luego generar aquella realidad tan plena de luces: la resemantización de unas formas, de las formas Ítaca y Ulises a través de una metáfora cuyo propósito es que 'algo esté siendo' frente a nosotros: "El arte es esa Ítaca".
Ulises ha arribado. El trasegar de la obra como una especie de desesperación metafísica o de locura testimonial apenas dable, apenas cesante, supone entonces el violento sacrificio de tener que arrojarse a unos símbolos dispuestos por el azar. Entonces, parafraseando a Sábato, la sangre esculpe, la sangre pinta. La sangre escribe. El artista, sin poseer absolutamente nada más allá que el proceso en cuanto tal, termina así figurando una posible salvación del destino colectivo. Más allá de la confesión directa y del pudor que en alguien sensato esto habría de suponer, se refiere a la conciencia, casi penosa, de haber sobrevivido a tal barbarie simbólica del lenguaje y del tiempo. Se llora, sólo entonces, de amor. El gran arquetipo conserva tan sólo un aire de aquel Ulises ahora pretérito. Y nada más.

 

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