Ulises ha arribado (Reflexiones)
12.12.2015
Hace un tiempo escribí
algo relacionado con esa especie de pulsión que dicen sentir algunos
artistas a la hora de hacer su trabajo. Esa energía que los lleva a
hacer. Tanto los autodenominados como tal -hecho por lo demás casi
cuestionable- como los otros, los silenciosos. Lo que traté entonces fue
algo basado en el poema de Jorge Luis Borges titulado Arte poética que
desde hace un tiempo anda conmigo; concretamente, sus penúltimas dos
rimas consonantes:
"Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios."
Recuerdo como primera
sensación algo equiparable a un contagio amoroso. Sentimiento reforzado
por la película documental de Tristán Bauer titulada "Borges. Los libros
y la noche" que, por esos días, repetía. Las dos circunstancias, tanto
la maravillosa película como el poema han sido desde entonces piedras
angulares de todo cuanto haya podido reflexionar y sentir sobre la labor
de cualquier 'hacedor'. Hondos silencios nada más.
Adicionaré algo a este
respecto aunque sea brevemente. El film abarca varios momentos de la
vida de Borges, desde su infancia hasta sus días finales. Uno de los
puntos que llamó mi atención de manera particular fue justo el
relacionado con la pulsión. Dice el mismo Borges haberla sentido desde
muy niño. Expresa que supo desde siempre, su destino sería literario.
Luego se muestra a un joven brillante y muy estudioso que, como casi
todo el mundo, cuestionaba su lugar en la tierra, sólo que con la
particularidad de que al hacerlo, como diría Sábato, lo hacía soñando un
poco por todos. Al final, tenemos al Borges que se pierde en su
biblioteca de Babel, arrojado y sepultado por el viento de su propia
caída, al que acompañan únicamente un tenue amarillo y las ausencias del
rojo y el negro.
Siempre, sin importar
cuántas veces haya influido un estilo de época o un problema personal,
aquella pulsión se mantuvo ahí, incólume. No obstante, el niño es tímido
y a nadie se lo dice; no hay por qué. Este tipo de intimidades suponen
algo de angustia pero la conciencia de lo inefable es sin duda
aterradora. Como Sísifo, condenado a empujar una enorme roca, ciego,
cuesta arriba sólo para que ésta vuelva a caer y él tenga que volver a
empujarla una y otra vez, infinitamente, no se sabe bien por agravio a
qué dios, el qué hacer poético supone asimismo cumbres. En todo caso una
distancia, sin sospechar la brevedad del instante que al final
terminará siendo ese raro fin, pleno de fuerza y silencio, irrefutable y
eterno. Y es entonces cuando sucede, el poeta se sienta a limarse el
olvido. Cualquiera sea la esencia que le haya sido dable acceder: no hay
valles y es uno. Lo comentaron incluso quienes cavilaban frente a unas
manos enormes, de bronce, que Rodin esculpió; no son dos manos –decían-
es una.
Así y, aterrizando ahora
en los versos antes citados, los prodigios aparecen relegados al nivel
de lo irrisorio, a la categoría de lo supuesto, de lo relativo total, de
lo que harta (de lo demasiado Dalí)... todo, para luego generar aquella
realidad tan plena de luces: la resemantización de unas formas, de las
formas Ítaca y Ulises a través de una metáfora cuyo propósito es que
'algo esté siendo' frente a nosotros: "El arte es esa Ítaca".
Ulises ha arribado. El
trasegar de la obra como una especie de desesperación metafísica o de
locura testimonial apenas dable, apenas cesante, supone entonces el
violento sacrificio de tener que arrojarse a unos símbolos dispuestos
por el azar. Entonces, parafraseando a Sábato, la sangre esculpe, la
sangre pinta. La sangre escribe. El artista, sin poseer absolutamente
nada más allá que el proceso en cuanto tal, termina así figurando una
posible salvación del destino colectivo. Más allá de la confesión
directa y del pudor que en alguien sensato esto habría de suponer, se
refiere a la conciencia, casi penosa, de haber sobrevivido a tal
barbarie simbólica del lenguaje y del tiempo. Se llora, sólo entonces,
de amor. El gran arquetipo conserva tan sólo un aire de aquel Ulises
ahora pretérito. Y nada más.


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